jueves, mayo 26

El primer año

Hace dos meses postulé a una empresa muy importante en su área, para trabajar con ellos como proveedor de servicios independiente. Ayer recibí el muy esperado e-mail, informándome que mi entrevista y evaluación fueron satisfactorias, así que ¡Bienvenida a nuestro equipo! (ese es el encabezado)

Hace ya bastante tiempo que trabajo por mi cuenta, lo cual a veces es un poco desesperante porque no siempre llega pega. Por otro lado, tengo libertad absoluta y no le rindo cuentas a nadie más que a mis clientes. El integrarme al equipo de trabajo de esta empresa supone un gran paso para mí: a mis 26 años, es la primera vez en mi vida que firmo un contrato, con todo lo que ello implica. ¡Qué susto! Para mí –y por cursi que suene- este evento marca el comienzo de una etapa que intenté evitar por todos los medios pero que al fin igual llegó. Y me hizo recordar muchos otros momentos que también me marcaron y que tenía medio olvidados:

Hace ocho años, en marzo, venía recién llegando a Santiago: con nada más que una maleta gigante y una caña descomunal, producto de la celebración de cumpleaños (18) y despedida ese fin de semana. La celebración fue re-buena, llegaron como 50 personas, de las cuales yo conocía a 10; mi mejor amiga se emborrachó y empezó a agujonear justo cuando Mario* (mi amor desde Kinder, aunque ya a esas alturas era un simple empacho) y yo nos aprontábamos a darnos una despedida como dios manda. Producto de esta borrachera y su desubicación, mi amiga y yo terminamos peleando y a las 1am llorábamos las dos cual magdalenas. Todavía no me queda claro si llorábamos porque habíamos peleado, porque yo la había retado, porque me iba, o si era porque le apretaban los zapatos (eran unos tacos que ni te cuento). Nunca le pregunté.

En fin, ese año llegué a vivir con mi hermano mayor –quien se había mudado a Stgo. en octubre del año anterior, por trabajo- en el departamento que hasta el día de hoy es mi residencia. Gonzalo y yo somos muy cercanos, pero la cosa se veía difícil: él es una persona sumamente ordenada y yo soy un terremoto. Por suerte, conseguimos adaptarnos el uno al otro y la cosa anduvo más o menos bien. Una de las primeras cosas que me dijo –y que me dejó totalmente impactada- fue: “Yo no soy tu niñero. Tú eres grande y haces lo que quieras, cuando quieras, con quien quieras, etc. Yo nunca te voy a pedir explicaciones, porque no es asunto mío.” Casi me morí. ¿Quién, entonces, me iba a controlar???

Nadie, pues. Ya en abril tenía un grupo de amigos en la U (¡grande, Campus Oriente!) con quien iba a “los pastos” a las 11:30 a “tomar una chela” y otras actividades. Ya en esta fecha, cuando hacía frío, Bahamondes fue nuestro destino… no fue realmente el grupo de amigos más indicado, para qué les voy a mentir. Pese a lo anterior, el primer semestre fui niñita estrella: no faltaba nunca a clases y me sacaba puros 6,0 (y más).

El segundo semestre seguí con este ritmo, excepto que ahora mis visitas a las salas de clase se tornaron esporádicas. En medio de todo esto conocí a Camila*, una chica encantadora que rápidamente se convirtió en mi mejor amiga. Además de encantadora, Camila era lesbiana, y la mitad del campus lo sabía. Al mes de vernos circular juntas por todos lados y pasar horas sentadas en las mesitas del “kiosco de las amigas” conversando, resultó que yo también era lesbiana y Camila y yo éramos pareja. Y no sólo eso. Nos pillaron las señoras de la limpieza en una situación bastante indecorosa, escondidas en una sala durante la hora de almuerzo. El hermano de 3 años de Camila era gay. Mi padre también lo era. Hacíamos reuniones extrañas en mi casa, a las cuales invitábamos a nuestros compañeros de carrera, con el fin de convertirlos a la homosexualidad. En fin, resultó que Camila y yo hacíamos un montón de cosas y teníamos situaciones familiares y personales bastante particulares, de las cuales no nos enteramos hasta un año después, cuando a la &$”#/$ de la P. S. se le cayó el cassette (¡bruja cahuinera!!!).

Por ahí por octubre, mi hermano me lanzó una bomba: renunció a la pega, vendió el auto, y se mandó a cambiar a la India por 1 año. Y yo me quedé sola en el depto, tratando de arreglármelas desesperada. Yo, que nunca en la vida había hecho un plato de arroz y a quien hasta el agua se le quemaba (incidente que relataré en otra ocasión). Mis vecinos se acostumbraron a oírme golpear sus puertas a las 7am, en pijama, pidiendo por favor que me regalaran una caja de fósforos para prender el calefón. O pidiendo la muy cliché “tacita de azúcar”. Mi voladura llegó al extremo tal que una vez me vi forzada –con una gran vergüenza- a pedir un rollo de confort. Durante todo este período, mis padres me llamaban todas las noches, aterrados de que pudiera ocurrirme algo ahora que vivía sola: “¿Qué va a comer, mijita?”, “¿Y si se cae en la ducha?”, “¿Se acordará de desenchufar la plancha?” y preocupaciones de ese tipo.

Yo, por mi parte, luego de la pena inicial porque extrañaba a mi hermano, y la resignación a no comer más que sándwiches hasta que llegaran las vacaciones y pudiera viajar a Conce, convertí mi depto. en el centro oficial del carrete, donde mítica es la ocasión en que durmieron 6 personas en una cama de plaza ½ (yo, como dueña de casa, dormí sola en otra cama).

De alguna forma –y todavía no tengo claro cuál- logré pasar bien el año y terminar con un rendimiento decente, aunque con una fama de marihuanera, floja y lesbiana que me seguiría por lo menos hasta el ’99. La verdad es que esto me importó una hue. Pese a ello, los profesores me querían bastante y ese año, por contradictorio que suene, hice un par de amigos que me acompaña hasta el día de hoy.
*Los nombres han sido cambiados para proteger a los involucrados.

5 Comments:

Blogger Distemper said...
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Hay algo que no me quedó muy claro, y disculpa la curiosidad algo morbosa, pero ¿ustedes eran pareja o sólo eran las habladurías de la gente?
Tenemos situaciones muy paralelas: yo también fui un alumno decente el primer semestre, el segundo caí en las garras de Bahamondes y el dealer Tota de calle Pucará, siempre se rumoreó que con mi amigo JP éramos gays (no era cierto). Al final me eché 21 ramos pero incríblemente me titulé.
Muy bonito el relato.

27 mayo, 2005 10:05  
Blogger Moira said...
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Distémper:
Eran sólo habladurías. Yo ese año me junté mucho con un grupo reconocidamente gay en el campus, y me etiquetaron. Me dio lo mismo. De ese grupo tengo aún dos excelentes amigos y al resto lo perdí de vista.

27 mayo, 2005 13:16  
Blogger Mister Duncan said...
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aaah, me identifico con tu historia en cierto sentido, claro que yo en vez de salir de conce me vine pa acá y creo que aún no me etiquetan de ná... pero las relacion con los amigos(as), vivir solo, mm, claro que antes de conce viví un año en viña, pero bueno, creo que la próxima vez relataré algo de mi año de estudiante en viña.
Felicitaciones por el nuevo trabajo, saludos.

27 mayo, 2005 21:05  
Blogger Javier said...
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interesante tu post acerca de las aventuras de tu llegada a Santiago...me recordó los tiempos de universidad (estoy diciendo esta última frase bastante seguido últimamente) La gente habla de todo y al final uno tiene que aprender que importa nada...A mi recién me toco vivir solo a los 24 y si fue un cambio, aunque nunca tuve que pedir rollos de confort...
saludos,

27 mayo, 2005 22:54  
Blogger SAORI said...
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Hola! Llegue aca a traves de Distemper y me reí mucho con tu post, como diablos se te quema el agua???? Te visitaré mas seguido

saludos!!!!

28 mayo, 2005 15:22  

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